El yoga y la mujer

La mujer es un ser delicado y especial que requiere ejercitar su cuerpo y calmar su mente. A pesar de que el yoga se ha vuelto muy popular en la ultima decada, pocas mujeres saben los grandes beneficios que puede traer a su salud. Con la práctica del yoga, la mujer contribuye a regular su sistema glandular, deja las fantasías de un cuerpo sano para conseguir la armonía y estabilidad emocional que le traen juventud, bienestar y una mejoría en su estado anímico.

Junto a los cambios físicos que genera el ciclo, tales como un aumento de peso, aumento del apetito, retención de líquidos e inflamación generalizada, dolor en el abdomen, eczemas, vómitos etc.… se asiste a un cambio drástico de sus condiciones psíquicas. La disminución de la concentración, el aumento de la agresividad y el nerviosismo y otros síntomas que implican un estado más o menos acentuado de ansiedad e hipersensibilidad, son algunas consecuencias del ciclo, sobre todo en las fechas premenstruales.

Practicar yoga permite que, poco a poco, los desajustes hormonales se vayan regulando, de manera que ese mal humor o ese sentimentalismo que aparece mes con mes, las alteraciones de la menopausia o de la pubertad, sean menos dramáticos y más llevaderos.

Desde sus orígenes, el Yoga ha sido transmitido por hombres y para hombres. Todos los textos de la tradición hinduista así como, más específicamente, los de la filosofía yoguica (incluidos los textos tántricos, donde podemos encontrar una consideración diferente de la mujer y en los que se describe para ésta, al menos, un rol diverso y otro tipo de valoración) se han destinado y dirigido siempre al “practicante” o sadhaka masculino. Por muchos siglos, la misma práctica estuvo prohibida a las mujeres y, todavía hoy en día, existen algunos Abrahams en la India donde está vetado el acceso a las mujeres. Sorprende, sin embargo, que en la actualidad y especialmente en occidente son cada vez más mujeres quienes lo practican.  Parece que el Yoga  haya comportado un cambio y una especie de reconversión de “géneros”. Teniendo en cuenta los condicionantes históricos y culturales en los que el Yoga se ha desarrollado, en este caso, el hecho paradójico demuestra que los condicionamientos fisiológicos inherentes a la mujer, facilitan el proceso a través del cual, una mujer emprende el camino espiritual y está más abierta a vivencias y sensaciones físicas, energéticas y sutiles. Algunas características anímicas femeninas, favorecen además, que la mujer integre, con mayor soltura, la dedicación al Yoga con la alocada vida cotidiana del día a día y adapte los ejercicios y posturas a sus límites y circunstancias.
El Yoga no es una disciplina que pueda sólo estudiarse o simplemente seguirse. Hay que experimentar y sentir, puesto que, mediante esta vivencia profunda se espiritualiza la práctica.


El yoga puede ser practicado por cualquier persona. Antiguamente y por muchos siglos como ya hemos dicho, la práctica estuvo prohibida para las mujeres.  Hoy el genero mujer pierde su recato y dulzura, a la vez que adopta hábitos como beber alcohol o fumar. Modos de hablar y gestos varoniles. Las mujeres experimentan cada vez más que, pueden llegar a transformar su vida, su estado de ánimo, su sensualidad y sexualidad (ver mas), sus relaciones de pareja, laborales y con la familia. La exigencia de la sociedad actual, a veces, exige al sexo femenino continar con sus actividades, olvidandose de su naturaleza.

Kundalini Yoga es para toda mujer, niñas, jóvenes y adultas, sin importar la edad o la flexibilidad. Su práctica permite que, poco a poco, los desajustes hormonales se vayan regulando, de manera que ese mal humor o ese sentimentalismo que aparece mes con mes, las alteraciones de la menopausia o de la pubertad, sean menos dramáticos y más llevaderos. En el campo de la sexualidad, puede superar la frigidez o la represión, pues le es más fácil aceptar y mover su cuerpo y explorarse viviendo el sexo de manera gozosa y responsable.


La práctica de yoga hace que las mujeres no estén tan preocupadas por su peso y apariencia física y tengan hábitos alimenticios más saludables, y esto lleva a un equilibrio automático.
El periodo menstrual, con las consiguientes transformaciones hormonales, psicológicas y anímicas el climaterio y la menopausia, que le suponen inmensos cambios físicos y psíquicos y que acompañan el paso a una época de la vida en la que se comienza una valoración diferente de la maternidad (por ejemplo, coincide con la separación de los hijos) y de otros aspectos importantes de la edad y la existencia. El paso de la mujer por esta etapa no es fácil.


Por lo tanto, el cuerpo y las energías de la mujer, lógicamente, deben tratarse y regularse teniendo en cuenta otras consideraciones. No todas las posturas o los ejercicios que se proponen sirven, compensan o estimulan el proceso de desarrollo de la mujer. En cambio el Yoga facilita, como ninguna otra disciplina, una continua renovación mediante las técnicas e instrucciones adecuadas destinadas a enriquecer y favorecer la armonía, el respeto a sí misma, la actitud que proyecta energía y vida y la posibilidad de vivir la práctica del Yoga como una experiencia del cuerpo entero y desde su feminidad (cuerpo físico, cuerpo energético y cuerpo espiritual).
La disponibilidad a los cambios (al movimiento y transformación energéticos) es el punto de partida de cualquier camino interior o de crecimiento espiritual (o simplemente personal). La mujer está acostumbrada a ello y vive estos cambios constantemente. Así que, el Yoga debería facilitarle, no el acceso como tal (que ya es algo intrínseco), sino el trayecto, la armonización y la canalización de esas energías.
Otro dato esencial es el hecho de que las mujeres han participado siempre de manera muy cercana e importante en los momentos más trascendentes de la vida. Históricamente, la mujer ha ejercido profesiones y roles relacionados con el cuidado de enfermos, con el nacimiento, la asistencia social, la educación de los niños, la atención a los ancianos, el acompañamiento de los familiares moribundos, etc. Sin duda, esta situación, que le ha exigido durante décadas un comportamiento templado frente al dolor propio y ajeno y una gran fortaleza interior ante los duros momentos de la vida, favorecen, de forma muy especial y sutil, una mayor disponibilidad a buscar respuestas, a escuchar su interior, a trascender y a encontrar un sentido a la vida.
Resulta evidente que muchas de las características de lo femenino están en completa sintonía con una disciplina que, aunque comienza con el trabajo del cuerpo, lleva hacia el desarrollo de una atención permanente, de una profunda e intensa escucha y de una dimensión íntima y trascendental.

 

La energía de la mujer se mueve desde otros planos y circula en direcciones algo diferentes a los hombres. Las asanas, los pranayamas, las meditaciones, la actitud y la predisposición de la mujer durante su sadhana (práctica de yoga) tendrían que tomar en consideración esta forma “circular” y dúctil de la energía femenina.
No solo  hablando de sustituir posturas, sino de cómo construirlas, cómo vivenciarlas y sentirlas, cómo deshacerlas, como llenar e impregnar de feminidad el Sthira (la firmeza, el asentamiento y la estabilidad en una postura) y el Sukha (la sensación de comodidad y relajación dentro de una postura) (sutra 46 Patanjali).

El Yoga debe poder ofrecer a la mujer la posibilidad de aceptar su cuerpo y sus cambios (en todos los sentidos) respetando sus ritmos y su movimiento energético. Volver a Clases

 

Ver tambien apartado de La sensualidad y la sexualidad 

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